
La ciudad de Gandia ha recuperado este martes el pulso cotidiano que el verano había suspendido con la llegada de un nuevo curso académico. El CEIP Cervantes, uno de los centros educativos más emblemáticos del barrio de Corea, ha abierto sus puertas para recibir a miles de estudiantes que, entre nervios, ilusión y lágrimas contenidas, han protagonizado la primera jornada del año escolar. Una mañana que no ha estado exenta de reivindicaciones, ya que el profesorado ha querido dejar claro, con su presencia y su vestimenta, que la lucha por una educación pública de calidad sigue más viva que nunca.
Desde primera hora de la mañana, las calles aledañas al centro educativo se han transformado en un ir y venir de familias que, con mochilas nuevas y desayunos apresurados, se han congregado en la entrada del colegio. Anaís, madre de tres hijas y una de las tantas progenitoras que han llenado el perímetro del Cervantes, ha confesado su satisfacción por ver cómo sus tres hijos han pasado —y en el caso de Yaiza, de 9 años, que ingresa a cuarto curso de Primaria, siguen pasando— por las aulas de este centro. «Tengo tres hijas y todas han pasado por el Cervantes», ha comentado visiblemente orgullosa, mientras sujetaba el brazo de su pequeña. Para ella, la decisión de matricular a sus hijos en este colegio no responde únicamente a la cercanía geográfica, sino a un proyecto educativo que, a su juicio, ha sabido ganarse la confianza de las familias del barrio a lo largo de los años.
El uniforme como escudo contra el acoso escolar y la presión del consumo
Uno de los debates que más vida ha cobrado en los últimos tiempos en los patios de recreo de los colegios españoles ha sido el papel de la ropa de marca como factor de diferenciación y, en muchos casos, de acoso entre los estudiantes. Anaís se ha sumado a esta reflexión y ha dejado claro su posición: «Prefiero que vayan uniformados, porque evita mucho el acoso por las marcas de ropa que llevan, aunque no todos se lo quieren poner». Su declaración resuena entre un sector creciente de familias que ven en el uniforme no solo una cuestión de imagen institucional, sino una herramienta de igualdad y convivencia. La niña, que permanece en el comedor escolar gracias a un horario intensivo de 9 horas a 17 horas, también participa en actividades extraescolares, lo que permite a su madre compatibilizar su vida laboral con las responsabilidades familiares sin necesidad de recurrir a servicios externos de custodia durante el verano.
Este modelo de jornada extendida, que cada vez es más habitual en los centros públicos de la Comunitat Valenciana, responde a una demanda social que busca conciliar la vida familiar y laboral. Sin embargo, no todos los padres y madres ven con buenos ojos esta extensión del horario. En el caso del Cervantes, la intensidad de la jornada escolar ha sido un factor determinante para que familias como la de Anaís opten por dejar a sus hijos en el centro durante todo el día, lo que a su vez ha contribuido a que los bares y cafeterías del barrio recuperen una clientela que permanecía desaparecida durante los meses estivales. El regreso del curso escolar no solo reactiva la economía del entorno, sino que devuelve la rutina a una barriada que, durante el verano, había visto cómo sus calles perdían parte de su vida social.
La camiseta verde y la pancarta que grita: «La lluita continua»
Si algo ha caracterizado la mañana del primer día de clases en el CEIP Cervantes ha sido la presencia de un mensaje reivindicativo que los propios docentes han querido plasmar en la entrada principal del centro. Una gran pancarta con el lema «La lluita continua», acompañada de una guirnalda decorativa y globos de colores, daba la bienvenida a los más pequeños mientras, al mismo tiempo, dejaba claro el tono del día. Prácticamente todos los profesores y profesoras han acudido vestidos con la ya emblemática camiseta verde, que se ha convertido en un símbolo reconocible de la lucha del profesorado por unas condiciones laborales dignas y por una escuela pública fuerte y bien equipada.
La situación ha generado un curioso efecto visual entre los padres y madres que llegaban al colegio. Algunos, despistados por la maraña de ropa verde que llenaba la entrada, no sabían dónde dirigir la mirada ante cualquier duda. Ante esta situación, un padre se dirigía a otro con una frase que ya se ha convertido en una de las anécdotas de la jornada: «Pregúntele a la chica de verde». El humor, presente siempre en estos primeros días de curso, se ha mezclado con una reivindicación seria y profunda. Anaís, que acompañaba a su hija en la entrada, ha expresado su apoyo a las movilizaciones del profesorado e incluso ha considerado que los docentes «no deberían haber parado en verano», en referencia a las huelgas y protestas que han jalonado el calendario escolar de los últimos meses.
Las demandas del profesorado no son nuevas ni carentes de fundamento. Aunque el CEIP Cervantes fue objeto de una reforma hace algunos años, que mejoró aspectos estructurales del edificio, el centro arrastra problemas que siguen sin resolverse. Anaís ha señalado, con la naturalidad de quien habla desde la experiencia cotidiana, que «no hay aire acondicionado y en algunas aulas de Infantil hay goteras cuando llueve«. Estas deficiencias, que afectan al confort y a la seguridad de los más pequeños, se han convertido en un símbolo de las carencias que el profesorado denuncia año tras año y que, con la camiseta verde puesta, han vuelto a hacerse visibles en el primer día de clases.
El policía Generoso y veinte veranos de reencuentros
En la entrada del barrio de Corea, un rostro conocido por generaciones de escolares ha vuelto a saludar a niños y madres con la misma sonrisa cálida que le ha acompañado durante dos décadas. Se trata del policía local Generoso, un agente del barrio que lleva 20 años «repitiendo» la vuelta al cole y que, para él, este día supone mucho más que un simple cumplimiento del horario laboral. «Para mí supone retomar la rutina cotidiana, regulando las entradas y salidas», ha explicado el agente, quien ha confesado que siente un especial cariño por los niños que conoce y que, año tras año, se han ido formando bajo su mirada atenta.
Generoso reconoce que echa de menos a aquellos estudiantes que han culminado sexto de Primaria y que, al superar la edad escolar, han dejado el colegio para trasladarse al instituto. «Dejo de verlos y es un vacío», ha admitido, visiblemente emocionado. Su labor no se limita a la vigilancia y a la regulación del tráfico en las inmediaciones del centro; se ha convertido en una figura de afecto y confianza para la comunidad escolar, que lo reconoce y lo aprecia. En un entorno donde los padres que acuden en coche para dejar a sus hijos son minoría, Generoso ha demostrado flexibilidad y cercanía al permitir que estos vehículos se estacionen brevemente, siempre que sea con la finalidad exclusiva de dejar a los niños en las puertas del colegio.
Ginger y el regreso de la pequeña de tres años: la continuidad del proyecto educativo
Entre las historias que se tejen en la entrada del Cervantes, la de Ginger ha sido una de las más emotivas. Esta madre ha llevado a su hija de 3 años para iniciar su segundo curso en el centro, tras haber pasado previamente por el CEIP Roís de Corella, otro colegio del barrio. La decisión de trasladar a su pequeña al Cervantes responde, según ha explicado, a la confianza que ha depositado en el proyecto educativo del centro y a la calidad de la atención que ha recibido su hija desde sus primeros años de escolarización. La entrada de la niña al patio de Infantil, arropada por su madre y por los profesores que la esperaban con la camiseta verde puesta, ha sido uno de los momentos más entrañables de la mañana.
El patio de Infantil del Cervantes se ha vestido de fiesta con guirnaldas y globos de bienvenida que colgaban de las entradas y de las ventanas, creando un ambiente acogedor para los más pequeños, que afrontaban su primer gran salto al mundo escolar con una mezcla de curiosidad y miedo que es perfectamente normal a esa edad. Los más pequeños, acompañados por sus padres, se han ido adentrando en las aulas mientras los profesores los iban guiando con paciencia y cariño, iniciando así un curso que promete estar cargado de aprendizaje, descubrimiento y, sobre todo, de la energía inagotable que solo los niños de tres años son capaces de aportar.
El regreso de la rutina: tráfico, bares y la vida que se reactiva en la Safor
El efecto de la vuelta al colegio no se ha limitado a los muros del Cervantes. La ciudad de Gandia y, en general, toda la comarca de la Safor, han experimentado durante esta mañana una transformación evidente en su cotidianidad. Los bares y cafeterías del barrio, que durante los meses de julio y agosto habían visto cómo sus mesas permanecían vacías, han recuperado una clientela inesperada: la de madres y padres que, tras dejar a sus hijos en el colegio, se han reunido para tomar algo y retomar el contacto social que el verano había suspendido. Este fenómeno, que se repite cada septiembre en los centros educativos de toda España, tiene un impacto económico directo en los pequeños comercios y establecimientos de hostelería que juegan un papel fundamental en la vida de los barrios.
Parallelamente, las carreteras de acceso a los centros educativos han recuperado las retenciones de tráfico propias de las horas punta matutinas, especialmente en las rutas que conducen a los colegios e institutos de la ciudad. Aunque, como ha señalado el propio agente Generoso, los padres que acuden en coche al Cervantes son «minoría», la suma de todos estos desplazamientos individuales es suficiente para congestionar las calles durante las primeras horas de la mañana. La Policía Local ha intensificado los controles y la señalización en las inmediaciones de los centros educativos para garantizar la seguridad de los peatones, especialmente de los niños más pequeños que cruzan las calles a pie.
En un contexto más amplio, la vuelta al cole en Gandia se inscribe dentro de un panorama regional que no ha estado exento de tensiones. La Safor ha sido escenario de debates institucionales que, lejos de apagarse con el verano, han cobrado nueva fuerza con la apertura del curso. La respuesta institucional ante diversas crisis ha puesto de manifiesto las diferencias entre los municipios de la comarca, con Oliva mostrando una postura de consenso mientras que Gandia ha adoptado posiciones más rupturistas, y Compromís ha denunciado lo que considera un approach unilateral desde las instituciones superiores. Estas tensiones políticas, lejos de ser ajenas a la vida cotidiana de los ciudadanos, se sienten en la calle y se reflejan en las reivindicaciones que el profesorado ha querido dejar claras con su presencia en el primer día de clases.
Mientras tanto, la ciudad de Gandia sigue adelante con sus proyectos y preocupaciones habituales. Las obras de reforma del consultorio médico de Ador, que han obligado a trasladar a los pacientes a Palma de Gandia y a Villalonga, son un recordatorio de las carencias infraestructurales que también afectan a los servicios públicos esenciales, en un paralelismo que no ha pasado desapercibido para los vecinos del barrio. A todo ello se suman otras preocupaciones que afectan a la seguridad vial, como el grave accidente registrado en la N-337, donde un coche quedó al borde de una acequia, recordando que la vuelta al cole también implica una mayor vigilancia en las carreteras.
Perspectiva: un curso lleno de desafíos para la educación pública gandiana
El primer día de clases en el CEIP Cervantes ha sido, en definitiva, un reflejo microscópico de lo que representa la educación pública en la actualidad: pasión, reivindicación, comunidad y, sobre todo, la esperanza de que las cosas puedan mejorar. Las madres y los padres que han acompañado a sus hijos esta mañana no solo han vivido un reencuentro con la rutina, sino que han sido testigos de una protesta silenciosa pero potente, encarnada en la camiseta verde y en la pancarta que daba la bienvenida al centro. Las deficiencias del edificio, la falta de aire acondicionado, las goteras en Infantil, son problemas que exigen una respuesta institucional que, hasta el momento, no ha llegado con la celeridad que la comunidad educativa demanda.
El regreso del curso escolar trae consigo también la vuelta a la normalidad, pero una normalidad que, en el caso de Gandia y de la Safor, está cargada de incertidumbres políticas y de demandas sociales que no pueden ser ignoradas. La presencia del policía Generoso, que lleva dos décadas velando por la seguridad de los más pequeños, y la historia de Ginger, que ha elegido el Cervantes para la educación de su hija de tres años, son muestras de que, pese a las dificultades, hay un tejido social fuerte y comprometido que sigue apostando por la escuela pública. El barrio de Corea, con su colegio Cervantes como epicentro, ha demostrado que la vuelta al cole no es solo un trámite administrativo, sino un evento cívico que moviliza a toda una comunidad en torno a un objetivo común: que sus hijos reciban la mejor educación posible, en un entorno digno y acogedor.
Mientras los últimos niños abandonan el patio y los profesores se preparan para afrontar las primeras clases del año, la ciudad de Gandia respira y se prepara para lo que vendrá. El curso apenas comienza, pero las cartas ya están sobre la mesa. La lucha, como rezaba la pancarta en la entrada del Cervantes, continúa. Y esta vez, con la camiseta verde puesta y el apoyo de las familias, el profesorado está más decidido que nunca a hacerse escuchar.




