
Introducción: Gandia, escenario de una ceremonia civil y religiosa que trasciende fronteras
En el corazón de la Safor, donde el Mediterráneo dibuja una línea de sal azul contra el litoral valenciano, la ciudad de Gandia ha vuelto a demostrar que su tejido social y su vocación de apertura al exterior no entienden de estaciones muertas. Durante cuatro jornadas intensas, calles, plazas y recintos municipales se han visto inundados por el rumor de pasos, bandas y conversaciones en distintos acentos peninsulares: la XXXVI edición del Encuentro Nacional de Cofradías ha concluido con el sello del éxito y el respaldo de cientos de protagonistas anónimos y públicos que convierten la devoción en industria cultural. No se trata de un simple acto de fe; es, en realidad, una compleja operación de diplomacia local que coloca a esta urbe de tradición ducal en el mapa de los grandes eventos turísticos de interior y costa.
Este artículo se adentra en los pliegues de un encuentro que, lejos de quedarse en el ámbito ritual, se ha erigido como un modelo de colaboración público-privada y de movilización ciudadana. La Semana Santa gandiense, ya consolidada como Fiesta de Interés Turístico Nacional, ha servido de pedestal para que más de una veintena de localidades de España, sin contar la abrumadora presencia de la Comunitat Valenciana, depositen aquí su identidad cofrade. En un contexto en el que otras ciudades españolas buscan reinventar su atractivo ante la incertidumbre de los mercados —como se observa en la volatilidad recogida por la bolsa española, que recientemente perdía un 0,42% y el nivel de 19.300 puntos pese al alza de Wall Street—, Gandia apuesta por un turismo de congresos y raíces que no depende de los ciclos bursátiles, sino de la capacidad de sus gentes para recibir al visitante con los brazos abiertos y los escaparates adornados.
El balance, según las voces institucionales y representativas del mundo cofrade, no deja lugar a dudas: 104 voluntarios, casi 500 participantes, 18 cofradías locales y 73 comercios implicados han sido los engranajes de una maquinaria que el Doctor en Economía Aplicada, Juan Sapena, ha cuantificado en un impacto de 25 millones de euros. Cifras que, en boca de los responsables municipales, confirman que la ciudad no solo mira al mar, sino también a su interior histórico para sostener su futuro económico. En las páginas siguientes, desgranamos cómo este encuentro ha sido mucho más que una cita de hermandades: ha sido un ensayo general de lo que Gandia puede ofrecer al mundo como epicentro de turismo cultural y tradicional.
Cuerpo: El reportaje de un éxito colectivo y su impacto sectorial
La primera imagen que recibe el visitante al arribar a Gandia en estos días no es la de un decorado efímero, sino la de una ciudad que se ha puesto su mejor traje. Miguel Ángel Picornell, concejal delegado de la Semana Santa en el Ayuntamiento, no escatima en reconocimientos al trazar el balance del evento. En su intervención, el edil abrió un «capítulo de agradecimientos» que sonó a acta fundacional: a la Junta Mayor de Hermandades, a los 104 voluntarios que sin descanso orientaron, acompañaron y sirvieron, a los casi 500 participantes venidos de lejos, a las 18 cofradías de la ciudad y a los 73 comercios que convirtieron sus vidrieras en altares laicos de la tradición. Picornell sabe que, sin esa red invisible, el encuentro nacional no pasaría de ser una reunión de protocolo.
El respaldo académico no tardó en llegar. El Doctor en Economía Aplicada, Juan Sapena, cifró el impacto de la Semana Santa en Gandia en 25 millones de euros, una cantidad que sitúa la actividad cofrade al nivel de grandes citas deportivas o congresuales. No es casualidad: en una semana en la que la atención nacional se dividía entre la inestabilidad financiera y problemas de infraestructuras —como el suceso en el que una nueva avería de Renfe dejaba a pasajeros de Gandia cuatro horas encerrados en un tren ONC—, la ciudad supo mantener la calma y la fluidez en su propio territorio, demostrando madurez logística frente a adversidades ajenas a su control.
Desde la perspectiva de quienes viven la cofradía como una segunda familia, Emili Ripoll, presidente de la Junta Mayor de Hermandades, subrayó la dimensión coral del acontecimiento. Según Ripoll, la participación superó con creces las expectativas, con representaciones de más de una veintena de localidades de España sin contar los asistentes de la Comunitat Valenciana. El dirigente ensalzó la implicación de los voluntarios y el éxito de las exposiciones realizadas, espacios donde el visitante pudo leer la historia de cada paso y cada túnica como quien lee un manuscrito vivo. «Este encuentro ha sido un éxito colectivo de toda Gandia», afirmó, y su frase resume el sentir de una población que ha aprendido a convertir la fe en un producto de exportación sin renunciar a su sinceridad.
El tejido comercial, por su parte, no fue mero espectador. Los 73 comercios que se implicaron en el proyecto adornaron sus establecimientos con motivos de Semana Santa, creando un ambiente festivo que se extendió como una mancha de color desde el centro histórico hasta los barrios periféricos. Lejos de la frialdad de los escaparates habituales, la ciudad se transformó en un relato visual donde el turista compraba no solo un recuerdo, sino la sensación de pertenecer, aunque fuera por cuatro días, a una comunidad con raíces profundas. Este tipo de dinámicas locales contrasta con la desconexión que a veces sufren los ciudadanos ante grandes estructuras, tal como refleja la crónica de la XI edición de Run for Parkinson, otra muestra de compromiso social inquebrantable en Gandia, donde también el vecindario sale a la calle para sostener una causa común.
La proyección turística del evento fue subrayada por Balbina Sendra, concejala de Turismo, quien no dudó en calificar a Gandia como un epicentro de turismo cultural y tradicional. En sus palabras, las fiestas de interés turístico nacional «son esenciales para dinamizar el tejido económico y mostrar la capacidad de la ciudad para acoger congresos de calidad». Sendra apuntó además que estos encuentros permiten «dar a conocer nuestras señas identitarias», una frase que encierra la estrategia de una ciudad que ya no se explica solo por su playa, sino por su capacidad de reunir a España entera en torno a una procesión.
El legado físico del encuentro no se limitó a las actas y fotografías. En la plaza de los Apóstoles, la ciudad estrenó el grupo escultórico de la familia cofrade, una obra pensada para perdurar como testigo mudo de la edición XXXVI. Allí, el bronce o la piedra —según la ejecución final— recuerda que detrás de cada hermandad hay padres, hijos y abuelos que han transmitido el compromiso como una herencia intangible. La escultura se convierte así en un punto de encuentro para futuras generaciones y en un reclamo más para el visitante que recorre el casco antiguo.
Desde una óptica sectorial, el modelo gandiense aporta una lección a otros municipios costeros: la desestacionalización es posible cuando se tejen alianzas entre lo sagrado y lo económico. Mientras el Ibex 35 y los mercados internacionales dictan a menudo el ritmo de la confianza inversora —como se vio cuando el Ibex 35 consolidaba los 19.300 puntos en el debut de Digi con el petróleo como eje central—, Gandia construye su propia economía basada en la cultura, menos expuesta a los vaivenes del crudo o de la especulación financiera.
Tampoco puede obviarse el papel de la Administración como facilitadora. El Ayuntamiento de Gandia coordinó infraestructuras, seguridad y promoción, pero fue la sociedad civil —encarnada en la Junta Mayor y sus 18 cofradías— la que aportó el alma. Este equilibrio entre lo público y lo privado-social explica por qué el evento no generó fricciones, sino adhesiones transversales. En tiempos en que el Gobierno busca acelerar medidas contra la corrupción que aún no están en vigor al 100%, la transparencia y eficacia de una gestión local como la descrita resulta un bálsamo de credibilidad institucional.
Por último, el impacto humano es la verdadera medida del éxito. Los casi 500 participantes no solo asistieron a ponencias o desfiles; vivieron la hospitalidad de una ciudad que supo interpretar el papel de anfitriona sin protagonismos. El intercambio de experiencias entre cofrades de distintas latitudes enriqueció el acervo de cada hermandad y sembró la semilla de futuros encuentros. Gandia, con este XXXVI capítulo, deja de ser una sede ocasional para convertirse en un referente estable del turismo de congresos de carácter tradicional.
Conclusión: El futuro de Gandia como capital de Congresos de Tradición
La celebración del XXXVI Encuentro Nacional de Cofradías marca un antes y un después en la estrategia turística de Gandia. Lo acontecido durante estos cuatro días no es un hecho aislado, sino la confirmación de que la ciudad posee los activos intangibles —cultura, voluntariado, comercio comprometido— y los tangibles —espacios públicos, capacidad hotelera, accesos— para competir en el segmento de congresos de calidad. El impacto de 25 millones de euros certificado por Juan Sapena debería servir de acicate para que las administraciones vecinas y autonómicas refuercen la apuesta por este modelo.
De cara al futuro, Gandia enfrenta el reto de mantener la autenticidad sin caer en la mercantilización vacía. El grupo escultórico de la familia cofrade en la plaza de los Apóstoles será un recordatorio permanente de que el éxito nació de la gente, no de los presupuestos vacíos. Si la Semana Santa sigue creciendo como Fiesta de Interés Turístico Nacional, y si los 73 comercios y 18 cofradías mantienen su implicación, la ciudad podrá diversificar su oferta más allá del sol y la arena. En un país que necesita ejemplos de colaboración eficaz entre instituciones y ciudadanía, el encuentro de Gandia se alza como una lección de cómo la tradición, bien gestionada, es también prosperidad.




