Un Siglo de Consuelo y Servicio: La Huella Imperecedera de las «Veladoras» en Gandia

Clara Alberola Ferrer
Clara Alberola Ferrer
Safor | redactora de la sección de Turismo de diariogandia. Periodista enfocada en la promoción y análisis del destino turístico de la Safor, cubre la actualidad hotelera, el patrimonio cultural y la gastronomia local con rigor, dinamismo y vocación informativa.
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Un Siglo de Consuelo y Servicio: La Huella Imperecedera de las "Veladoras" en Gandia

En el vibrante pulso de una ciudad en constante expansión como Gandia, con sus cerca de 83.000 habitantes y su dinamismo que abraza desde la revitalización del comercio local con iniciativas como ‘Botigues al Carrer’, hasta el bullicio de sus mercadillos, hay historias que, aunque discretas, han tejido con hilos de humanidad el alma de la comunidad durante un siglo. Son las «veladoras», como cariñosamente se las conoce, un grupo de religiosas cuya misión ha sido, y en parte sigue siendo, una presencia silenciosa pero fundamental al lado de los enfermos y los más vulnerables. Estas mujeres, miembros del Instituto de Religiosas de San José de Girona, conmemoran ahora el centenario de su llegada a la capital de la Safor, un hito que invita a reflexionar sobre el profundo impacto de su labor en una sociedad que ha evolucionado drásticamente.

Su presencia, hoy en día, puede pasar casi desapercibida para muchos, fusionada con el paisaje urbano y social de una Gandia moderna. Sin embargo, su legado es tangible y se remonta a una época en la que el sistema de salud pública era incipiente y la asistencia sanitaria, un lujo o una necesidad que a menudo quedaba desatendida. Durante décadas, estas religiosas no solo ofrecieron consuelo espiritual, sino también una atención práctica y vital que marcó la diferencia en innumerables hogares.

El Legado Asistencial en la Gandia del Siglo XX

La historia de las «veladoras» en Gandia es un espejo de la evolución de la atención sanitaria y social en la región. Su actividad de asistencia y consuelo fue de una importancia capital, especialmente hasta la década de los ochenta del siglo pasado. En aquellos años, cuando la red de servicios sanitarios públicos aún no había alcanzado el desarrollo actual, estas mujeres, con su formación sanitaria equivalente a la de enfermeras o auxiliares, se convirtieron en un pilar indispensable. Visitaban los domicilios, administrando inyecciones, distribuyendo medicamentos y ofreciendo cuidados básicos que, de otro modo, habrían sido inaccesibles para muchas familias.

Su labor trascendía cualquier barrera, atendiendo con una humanidad inquebrantable a decenas de ancianos y enfermos en los momentos más delicados de sus vidas. Ya fuera en hospitales, residencias o en la intimidad del hogar, su presencia significaba un alivio, un apoyo y, a menudo, la única compañía en los últimos alientos. Su compromiso no se limitaba a la fe; era un servicio universal, impulsado por una vocación de entrega que no distinguía condición social ni credo.

El 4 de junio de 1926, la congregación del Instituto de Religiosas de San José de Girona arribó a Gandia, marcando el inicio de este siglo de dedicación. En aquel entonces, la ciudad era testigo de la llegada de las primeras fundadoras: Fidela Oller Angelats, quien ejerció como superiora, acompañada por Francisca Masmitjà, María Algans, Concepción Esteller, Cristobalina Pequerull, Francisca Tena y la conocida como «hermana Lucía». Un año después, en mayo de 1927, estas pioneras se instalaron en una casa situada al final de la calle Vallier, número 18. La «Revista de Gandía» de la época apeló a la «generosidad de los gandienses» para recaudar donativos y financiar las reformas necesarias para adecuar su nuevo hogar, un testimonio de la incipiente conexión de la comunidad con estas religiosas.

En sus tiempos de mayor esplendor, la comunidad gandiense llegó a contar con una docena de monjas activas. Hoy, la realidad es diferente. La comunidad actual la forman cinco religiosas, que, aunque ya están «jubiladas» de su labor asistencial directa en el sentido tradicional, continúan siendo un faro de espiritualidad y apoyo. Entre ellas se encuentran la superiora, Elisa Tomás, originaria de Les Useres (Castelló), y las hermanas Juliana Martín, Valentina Martínez, Argentina Requejo y Teresa Pérez. Es notable la procedencia de algunas de ellas, con tres nacidas en Burgos, un lugar que parece haber sido un fértil semillero de vocaciones para la orden, mientras que Argentina es de Asturias. La más joven del grupo es Elisa, con 79 años, y la veterana es Valentina, que suma 94 primaveras. Con una sonrisa, bromean: «Estamos ya para que nos cuiden a nosotras», aunque, en general, gozan de buena salud y se apoyan mutuamente.

Estas cinco hermanas de Gandia no solo sirvieron en la ciudad, sino que también dedicaron años de su vida profesional en clínicas y hospitales que la orden mantiene por toda España. Su compromiso con la formación y la actualización es constante; la superiora Elisa destaca que «tenemos a otras hermanas en la orden que están cursando grados universitarios de Magisterio y Enfermería«, asegurando así la continuidad de su misión adaptada a los nuevos tiempos y las necesidades de la sociedad.

Vocación Espiritual y el Compromiso con la Dignidad Humana

Aunque su labor de asistencia médica directa ha disminuido con los años, el compromiso de las «veladoras» con los enfermos sigue siendo inquebrantable, aunque desde un plano más espiritual. Su acompañamiento, ahora más enfocado en el consuelo y el apoyo moral, es un bálsamo para muchos en momentos de fragilidad. Además, su dedicación se extiende a la comunidad a través de su colaboración activa con Cáritas, demostrando que el servicio al prójimo es una constante en sus vidas. Una de ellas, de hecho, fue fundadora de la Capilla de la Adoración Perpetua en el convento de Santa Clara, un testimonio de su profunda vida de fe y su deseo de extenderla.

Su experiencia al lado de los enfermos les ha proporcionado una perspectiva única sobre la vida y la muerte. Han estado junto a personas prácticamente hasta su último aliento. Desde su concepción cristiana del mundo, rechazan la eutanasia, pero al mismo tiempo, son firmes defensoras de lo que denominan «unos buenos cuidados paliativos». La hermana Elisa lo expresa con claridad:

«por naturaleza todos queremos vivir, solo Dios sabe hasta cuándo».
Y su experiencia les ha enseñado una verdad impactante: una persona «solo pide la muerte cuando se siente abandonada, incluso por su familia, y con dolor». Esta visión subraya la importancia de la compañía, el afecto y la gestión del sufrimiento en los momentos finales de la vida, aspectos que a menudo se subestiman en un enfoque puramente médico.

La fe, para muchos enfermos con pronósticos complicados, se convierte en un asidero vital, una fuente de fortaleza inquebrantable. La superiora relata conmovedoras experiencias: «He tenido a personas que me han dicho, hermana, gracias a la fe que tengo puedo superar este cáncer». No solo brindan apoyo espiritual a los pacientes, sino que también extienden su consuelo y guía a los familiares, quienes a menudo se encuentran desorientados y abrumados por la enfermedad de un ser querido.

Actualmente, el día a día de estas religiosas es de una serena tranquilidad. Se despiertan a las siete de la mañana y a las ocho se congregan para el rezo comunitario. Acuden a misa en la majestuosa Colegiata, disfrutan de paseos «con alegría», como ellas mismas matizan, y dedican las tardes a la lectura o a seguir formándose, revelando la imagen de unas mujeres profundamente cultas y con una curiosidad intelectual que el tiempo no ha mermado.

La orden a la que pertenecen, el Instituto de Religiosas de San José de Girona, fue fundada en 1870 por María Gay Tibau en Llagostera (Girona). Desde sus orígenes, su misión fue clara y humanitaria: servir y velar por toda clase de personas, un propósito que fue aceptado y bendecido por el obispo de la época. Este legado de servicio incondicional ha perdurado durante más de un siglo, dejando una huella imborrable en cada comunidad donde han ejercido su labor.

Un Legado de Compasión en el Corazón de la Safor

El centenario de las «veladoras» en Gandia no es solo la conmemoración de una fecha, sino el reconocimiento a un siglo de servicio silencioso y vital. Desde su llegada en 1926, estas mujeres han sido un pilar de apoyo para miles de gandienses, ofreciendo no solo atención médica cuando era escasa, sino también un consuelo espiritual y una humanidad que trasciende cualquier credo. Su historia es un recordatorio de que, incluso en la era de los grandes avances tecnológicos y sistemas de salud robustos, la compasión, la escucha activa y el acompañamiento humano siguen siendo irremplazables.

En un mundo donde la soledad y el dolor pueden ser abrumadores, especialmente para aquellos que enfrentan enfermedades graves, la labor de estas religiosas subraya la importancia de la conexión humana y el cuidado paliativo digno. Su voz, que aboga por la vida y por un acompañamiento que evite el abandono en los momentos finales, resuena con una sabiduría forjada en la experiencia de un siglo al lado de los que sufren. Su legado, aunque hoy más enfocado en lo espiritual, sigue siendo un faro de esperanza y un ejemplo de dedicación incondicional en el corazón de Gandia, recordándonos la fragilidad y la necesidad de apoyo en la vida, similar a las crónicas de lucha perpetua que enfrentan quienes batallan contra desafíos como el Alzhéimer en La Safor.

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