
En una ciudad donde el ruido político suele dominar las portadas, Marisa March ha sido, durante más de tres décadas, la figura silenciosa que mantuvo el pulso de la alcaldía de Gandia. Su jubilación, anunciada esta semana, no solo marca el fin de una carrera profesional de 33 años, sino también el cierre de una etapa en la que su nombre est estuvo presente en los documentos oficiales, en las invitaciones a actos institucionales y en la gestión cotidiana del ayuntamiento. A sus 67 años, March deja atrás una legado construido con discreción, conciliación y una fidelidad institucional que ha esquivado tanto los reflectores como las controversias.
Una entrada en 1993 que marcó el rumbo de una vida institucional
March llegó al Ayuntamiento de Gandia en 1993 tras ganar una oposición de informadora turística, un puesto que en aquel entonces aún no incluía la digitalización masiva de los trámites. Su primer contacto con el mundo público lo tuvo con la alcaldesa Pepa Frau, quien le propuso incorporarse al departamento de Protocolo de Alcaldía y Turismo. Desde entonces, su trayectoria se entrelazó con la historia política local: trabajó como secretaria con alcaldes de distintas ideologías y etapas, incluyendo a José Manuel Orengo, Diana Morant y, en la actualidad, José Manuel Prieto. Una breve interrupción en su carrera ocurrió durante la alcaldía de Arturo Torró, cuando solicitó su reincorporación al área de Promoción Económica, antes de ser recuperada por Diana Morant para el protocolo de alcaldía.
Su labor diaria, que comenzaba a las 8 horas, incluía la recepción y distribución de correspondencia, desde cartas de ciudadanos hasta invitaciones a eventos institucionales. «En aquellos días, la papelería era un lujo», recuerda. «Ahora todo es electrónico, pero el reto es el mismo: garantizar que nada se pierda entre los circuitos de la administración». March también coordinó bodas civiles, gestionó nombramientos de hijos predilectos y, en los últimos años, participó en la organización de Gandia Pensa, uno de los eventos culturales más emblemáticos del municipio.
La ética del silencio en un mundo de ruido político
Una de las lecciones que March extrae de su trayectoria es el valor de los pactos políticos. «Hubo una época en que el gobierno municipal estaba formado por PSOE, UPV, EU y UV. Eso era lo más grande del mundo. Todos trabajando por el mismo proyecto: la ciudad», dice. En contraste con la polarización actual, donde acuerdos como la ampliación de la Zona de Gran Afluencia Turística generan debates acaldeados, March defiende una gestión basada en la mediación y el respeto mutuo. «Si yo me equivoco, parece que el que se equivoca es la máxima autoridad. Y eso a nadie le gusta», reconoce.
Su enfoque de trabajo, centrado en la resolución de problemas individuales, contrasta con la tendencia actual a priorizar discursos colectivos. «Cualquier persona que ha venido al ayuntamiento a contarme un problema, se lo he intentado resolver», afirma. Esta filosofía, combinada con su rol como concejala del PSPV-PSOE en l’Alqueria de la Comtessa, consolidó su reputación como una figura conciliadora en un ámbito donde las alianzas cambian con frecuencia.
Legados tangibles y memorias compartidas
Entre los momentos que March considera más significativos de su carrera se encuentran la inauguración de la Casa de la Marquesa, la reforma del Teatre Serrano y la apertura del Centre Esportiu del Grau. «Cada centro de convivencia, cada colegio, representa una inversión en el futuro de los ciudadanos», dice. Sin embargo, también recuerda con pesar eventos como el incendio de Marxuquera o la crisis sanitaria de la Covid-19, que puso a prueba la flexibilidad de todos los servicios municipales. «Fue un periodo de incertidumbre, pero también de solidaridad. Ver cómo la comunidad se reunió para apoyar a los más vulnerables fue una lección de humanidad», comenta.
Paralelamente a su labor institucional, March ha sido parte activa de iniciativas como el renovación integral de la Policía Local y el programa de envejecimiento activo, espacios donde su experiencia en protocolo y coordinación resultó clave. «Trabajar por la ciudad, no por ideologías, es lo que da sentido a este oficio», concluye.
Una jubilación con proyectos por delante
Con su jubilación, March planea dedicar más tiempo a su familia y a actividades personales. «Llegué a l’Alqueria de la Comtessa con 19 años tras vivir en París y València. Allí me recibieron con los brazos abiertos, y ahora, con la jubilación, todo han sido besos y abrazos», dice. Aunque descarta retiros largos, mantiene la puerta abierta a colaboraciones puntuales: «Me dicen que ahora me recuperan para el pueblo, y quién sabe, tal vez algún día vuelva a sentarme en esta mesa». Su legado, sin embargo, trasciende el ámbito institucional: es el testimonio de que, en un sistema donde las figuras visibles suelen eclipsar a las esenciales, la discreción también puede ser una forma de liderazgo.




