
Una columna de humo visible desde la N-332 a plena luz del día fue el inicio de un episodio que, bajo una apariencia de simple quema agrícola descontrolada, terminó por sacar a la luz una práctica absolutamente irregular: la incineración de un équido muerto en plena zona húmeda del marjal de la playa de Gandia. El suceso, que pudo haberse saldado con un incendio forestal de consecuencias imprevisibles dadas las altas temperaturas y la sequedad de la maleza, vuelve a poner el foco sobre el cumplimiento de la normativa de sanidad animal y sobre la responsabilidad de quienes conviven con animales en parcelas periurbanas.
La alerta, recibida por el Centro de Coordinación de Emergencias a través del teléfono 112, movilizó de inmediato a una dotación de Bomberos del Consorcio Provincial de València y a efectivos de la Policía Local de Gandia. A su llegada, el fuego había afectado ya a unos 200 metros cuadrados de parcela en una franja de marjal especialmente sensible por su valor ecológico y su proximidad a la línea costera. La rápida intervención de los equipos de extinción evitó que las llamas se propagaran a una zona de vegetación mucho más amplia, en pleno agosto, cuando el riesgo de incendio en la Comunitat Valenciana alcanza niveles críticos.
De una hoguera doméstica a un incendio ambiental
Lo que en principio parecía una quema de rastrojos al uso se transformó en un escenario completamente distinto cuando los bomberos, una vez sofocadas las llamas, localizaron entre los restos el cuerpo semicalcinado de un caballo. La presencia del animal cambió radicalmente la naturaleza del expediente y abrió una investigación policial para esclarecer las circunstancias exactas del fallecimiento y de su eliminación.
Las pesquisas se centraron en una caseta ubicada en el marjal, cuyos moradores —un matrimonio— reconocieron ante los agentes ser los autores de la hoguera. Según relataron, el équido, de avanzada edad, les había sido regalado por el propietario de un picadero al considerarlo ya no apto para la actividad. Lo acogieron en su parcela hasta que el animal murió de forma natural, momento en el cual, en lugar de gestionar el cadáver a través de los canales legales establecidos, optaron por quemarlo de manera artesanal en el mismo terreno.
La Policía Local de Gandia, en su inspección ocular, comprobó que el équido portaba el chip correspondiente, cuya lectura apuntaba precisamente al dueño del picadero como titular registral. Este extremo fue contrastado con el propio empresario, quien confirmó haber cedido el animal al matrimonio una vez dejó de serle útil, lo que vino a corroborar parcialmente la versión ofrecida por los investigados. Además, dado que el cuerpo no llegó a calcinarse por completo, los agentes no apreciaron signos externos de maltrato ni heridas previas, lo que de momento descarta un escenario de violencia animal y circunscribe los hechos a una posible infracción administrativa y de sanidad.
Una normativa europea que se incumple de forma recurrente
El caso reabre una cuestión de enorme relevancia: la gestión legal de los cadáveres de équidos en España. La incineración o eliminación de caballos está estrictamente regulada por la normativa de Subproductos Animales No Destinados al Consumo Humano (Sandach), que cataloga a los équinos muertos como residuos de categoría específica por los riesgos sanitarios que su descomposición puede generar.
En la práctica, esto significa que cualquier propietario que se enfrenta a la muerte de un caballo no puede deshacerse del animal por sus propios medios. La legislación prohíbe expresamente el abandono, el entierro libre en fincas privadas o la incineración en instalaciones no homologadas. La única vía legal pasa por contactar con empresas autorizadas o crematorios especializados equipados con hornos industriales de alta capacidad, capaces de asumir el tonelaje de un équido adulto, ya que los crematorios de mascotas convencionales no están preparados ni autorizados para esta labor.
Existen excepciones muy restringidas que algunas comunidades autónomas contemplan, como el enterramiento en zonas rurales alejadas de acuíferos y pozos, pero siempre bajo autorización expresa y con condiciones muy estrictas. En cualquier caso, antes de proceder a la retirada del cadáver, un veterinario colegiado debe certificar la muerte del animal y, con el documento de identificación equina —el PAS o Tarjeta Equina—, gestionar la baja del équido en el registro oficial correspondiente.
El valor ecológico del marjal, en el centro de la preocupación vecinal
Más allá de la irregularidad administrativa, el incidente ha puesto de manifiesto la fragilidad de un enclave natural de primer orden. El marjal de Gandia es uno de los humedales costeros más representativos de la Safor y alberga una biodiversidad especialmente vulnerable a los incendios, por muy pequeños que estos sean. La quema incontrolada de residuos animales o vegetales en estas zonas no solo infringe la normativa ambiental, sino que pone en riesgo a especies protegidas, a la calidad del suelo y a la propia dinámica hidráulica del ecosistema.
El episodio, que coincide con la operación estival de refuerzo de la Policía Local de Gandia, que ha modernizado recientemente su flota con tres nuevos vehículos estratégicos, evidencia la necesidad de intensificar la vigilancia en las áreas periurbanas del término municipal, especialmente durante los meses de mayor riesgo. La coincidencia con otros servicioshumanitariosprestados por laPolicía Local de Gandia, como el reciente rescate de tres adolescentes en el mar, confirma la intensa actividad de un cuerpo que sigue siendo pieza clave en la seguridad del municipio.
Un problema que trasciende lo local
El caso de Gandia no es un hecho aislado. En los últimos años se han producido episodios similares en diferentes puntos de la geografía española, donde propietarios de équidos —ya sean particulares, pequeños ganaderos o titulares de picaderos— optan por soluciones rápidas y económicas ante la muerte de un animal, sin reparar en que están incurriendo en infracciones graves que pueden acarrear multas elevadas y, en función de las circunstancias, responsabilidades penales.
El coste real de una gestión adecuada de un cadáver equino —que incluye el desplazamiento de vehículos especializados, la incineración industrial y la tramitación documental— puede ascender a varios cientos o incluso miles de euros, una cifra que, para algunos propietarios, actúa como incentivo perverso para buscar atajos. Sin embargo, los expertos en sanidad animal recuerdan que el verdadero precio lo paga el medio ambiente cuando una hoguera se descontrola, como acaba de ocurrir en la playa de Gandia, o la salud pública cuando un cadáver en descomposición contamina un acuífero.
Investigación abierta y posible sanción
Por el momento, la investigación sigue abierta y la Policía Local de Gandia ha remitido el correspondiente atestado a las autoridades competentes en materia de sanidad animal y de medio ambiente. El matrimonio residente en la caseta del marjal podría enfrentarse a sanciones por incumplimiento de la normativa Sandach, por la quema no autorizada y por los daños ambientales causados en una zona húmeda protegida. Aunque la ausencia de indicios de maltrato animal reduce el posible perímetro penal del caso, no excluye la apertura de un expediente administrativo que, según la gravedad de los daños, podría traducirse en multas sustanciales.
Mientras tanto, el sector ecuestre y las asociaciones de protección animal han vuelto a reclamar a las administraciones públicas una mayor difusión de los protocolos de actuación ante la muerte de un équido y, sobre todo, un refuerzo de la inspección en picaderos y explotaciones equinas, donde la rotación de animales y la avanzada edad de muchos de ellos hacen que la gestión de cadáveres sea una cuestión recurrente.
El incendio del marjal de Gandia, que pudo haber acabado en tragedia ambiental, deja una enseñanza clara: la gestión de un caballo muerto no puede resolverse con una hoguera de fin de semana. La normativa existe, los medios para cumplirla también, y el coste de ignorarla puede medirse, como en este caso, en hectáreas de marjal quemadas y en un expediente judicial que acabará marcando un antes y un después para los responsables.




