
La costa de la Safor, que el año pasado enfrentó cierres significativos por episodios de contaminación, ha implementado una estrategia de choque para mantener sus playas abiertas durante la actual temporada estival. Aunque hasta la fecha no se han registrado prohibiciones de baño, expertos advierten que esta aparente normalidad no se traduce en una mejora real de la calidad del agua, sino en un incremento de las medidas de desinfección, principalmente mediante el uso de cloro.
La memoria del pasado verano aún persiste en la comarca. El 10 de junio de 2025, un total de 16 kilómetros de litoral en municipios como Daimús, Guardamar de la Safor, Bellreguard, Miramar, Piles, Oliva y Gandia fueron clausurados. La medida se adoptó tras la detección de una sustancia desconocida, descrita como pequeños granos de arroz. Posteriormente, y casi un mes después, la Conselleria de Medio Ambiente recomendó prohibir el baño en tramos de Tavernes de la Valldigna, Xeraco y nuevamente Daimús, esta vez por la presencia de bacterias de origen intestinal detectadas en los análisis rutinarios.
Estos incidentes generaron una profunda preocupación entre los ayuntamientos, conscientes del impacto negativo que los cierres tienen en la reputación turística y la economía local. La interrupción del baño no solo afecta a los residentes, sino que provoca un efecto dominó en el sector servicios, con cancelaciones y una «mala imagen» proyectada a nivel nacional. Esta situación llevó a la toma de medidas preventivas para la temporada actual.
La desinfección química: Una solución inmediata con advertencias a largo plazo
La ausencia de cierres de playas este año no debe interpretarse como una disminución de la contaminación o una mejora en los sistemas de depuración. Así lo explica Miguel Rodilla, biólogo del Departamento de Ingeniería Hidráulica y Medio Ambiente de la Universitat Politècnica de València (UPV). Rodilla señala que la diferencia radica en las «medidas» adoptadas para evitar la repetición de los problemas anteriores. La principal de estas medidas es la desinfección del agua, y el método «más rápido» para eliminar las bacterias es el uso de cloro.
Aunque existen alternativas como la radiación ultravioleta, estas son «más caras», lo que ha inclinado la balanza hacia la solución química. Sin embargo, el biólogo es categórico al calificar el uso de cloro como «un parche».
«Los contaminantes siguen estando, pese a que no se detectan en las analíticas. Esto no supone que contaminemos menos o que haya mejorado el sistema de depuración de las aguas.»
La función del cloro es eliminar las bacterias para que los parámetros en las analíticas no excedan los límites permitidos, evitando así la prohibición del baño. Pero, como insiste Rodilla, esto no significa que «el agua sea de mejor calidad». Es una solución de urgencia, directamente ligada a la necesidad de preservar la actividad turística y la imagen de las playas de la Safor, un motor económico vital para la región. En este contexto, la conectividad como la que ofrece Cercanías Valencia hacia Gandia se vuelve aún más crucial para mantener el flujo de visitantes.
El experto reconoce que el cloro es una «solución inmediata para que este año no sea noticia el cierre de una playa», pero advierte sobre los peligros de un uso excesivo o una relajación futura de los controles. «Cuando bajen la guardia y se reduzca la cantidad de cloro, probablemente en uno o dos años se produzcan más cierres de playas porque los parámetros volverán a salir reflejados en las analíticas», alerta Rodilla.
La inversión en depuración: Un desafío estructural pendiente
La raíz del problema, según el biólogo de la UPV, reside en la infraestructura de depuración de aguas residuales. Gran parte del territorio español, incluida la Safor, inició el proceso de depuración tras la entrada de España en la Unión Europea, aprovechando los fondos comunitarios para construir estas infraestructuras. Sin embargo, muchas de estas plantas no se han modernizado ni adaptado a las necesidades actuales.
«La mayoría son viejas y no se han adaptado. Estamos poniendo una tirita al problema. Es necesario invertir, pero es una inversión que muchas veces no interesa porque no se ve», subraya Rodilla. Esta falta de inversión en la modernización de las depuradoras se agrava por el incremento estacional de la población en las localidades costeras. Durante los meses de verano, la afluencia de turistas multiplica la carga sobre unos sistemas concebidos para una población base mucho menor. Este desafío requiere una visión a largo plazo que complemente las medidas de mantenimiento y prevención, como la intensificación de la limpieza de imbornales que Gandia y Xeresa están llevando a cabo ante la temporada de lluvias.
A pesar de los avances logrados en las últimas décadas, la comarca de la Safor y, por extensión, muchas zonas costeras, todavía presentan una «gran capacidad de mejora» en la gestión de sus aguas residuales. La dependencia de soluciones paliativas como la desinfección con cloro, aunque eficaz a corto plazo para evitar titulares negativos, no aborda la necesidad fundamental de adaptar y modernizar las infraestructuras de depuración a la realidad demográfica y ambiental del siglo XXI.
La situación actual en las playas de la Safor es un claro ejemplo de la tensión entre la urgencia económica del turismo y la sostenibilidad ambiental. La solución inmediata del cloro ha evitado los cierres de este verano, salvaguardando la temporada. No obstante, la comunidad científica y los expertos en medio ambiente insisten en que esta estrategia es provisional. El verdadero reto para los municipios de la Safor y las administraciones competentes es afrontar la inversión necesaria en la modernización de sus sistemas de depuración, garantizando así una calidad de agua duradera y una protección efectiva del ecosistema marino, más allá de la mera eliminación superficial de bacterias.




